Afición vs. profesión

Llevo un tiempo pensando en escribir algo en defensa de la danza por afición. Y en defensa de la danza como profesión. La frontera entre ambas situaciones no es una línea, es un área, hay muchos grados intermedios, pero hay ciertas cuestiones que hay que tener claras y límites que no hay que cruzar.

Tener como afición cualquier actividad artística o deportiva es positiva, todas aportan diferentes cosas, no tiene sentido hacer una competición entre disciplinas, simplemente unas serán más adecuadas para nosotros respecto a nuestros intereses, capacidades y circunstancias. Lo que sí hay que entender siempre es que cuando tenemos una afición no podemos juzgarnos a nosotros mismos con los baremos de quien dedica todo su tiempo a esa actividad como profesión. Pensar que dedicándole unas pocas horas a la semana podremos alcanzar la maestría en cualquier actividad es imposible, y no tiene sentido frustrarse por ello. No podemos exigirnos a nosotros mismos lo que tenemos que exigir a personas que tienen que invertir años de esfuerzo para alcanzar un nivel más alto, y no pasa nada. Es como si nadie escribiera porque no vamos a ganar el Nobel de literatura. Hay que escribir, hay que nadar, hay que bailar, hay que disfrazarse, hay que hacerlo todo. La vida está para eso, para vivir, no para competir. En el caso de la danza india, muchas veces nos juzgamos respecto a las actuaciones y vídeos de los mejores bailarines del mundo, porque no vemos vídeos de festivales de fin de curso de escuelas pequeñas, o vídeos de niñas. Aun si quisiéramos competir, que no es la actitud correcta, tenemos que ser conscientes de los años de experiencia que tenemos, que en muchos casos es el nivel de niñas indias que bailan como actividad extraescolar. Y es un nivel precioso, en el que muchas veces la danza se disfruta más, como estudiante y como público. En ocasiones entrar en un nivel profesional significa dejar de disfrutar como espectador, porque ves detalles que te gustaría corregir y no disfrutas del conjunto, y porque la presión sobre ti misma es tan grande que todo se convierte en trabajo, publicidad, exigencia, caché, ensayos repetitivos y estresantes… Es tan bonito ser aprendiz.

En el otro lado están los artistas o deportistas profesionales, que tienen que llevar la práctica con disciplina durante años buscando los mejores resultados posibles. Ser profesional no se mide por el dinero que se gana, mucho menos bajo las circunstancias actuales, se mide por el nivel de desarrollo que hemos alcanzado en nuestra disciplina. Esto quiere decir que hay que dedicar mucho tiempo, y como hay que dedicar mucho tiempo y dinero en formarse, los resultados se han de respetar y pagar, y sí, aquí me refiero a económicamente. Estudiar cuesta dinero, como lo cuesta viajar, alquilar salas de ensayo, comprar libros, etc. Practicar o entrenar lleva mucho tiempo, y es un tiempo que no se puede estar dedicando a otro empleo remunerado, con lo cual para que un arte perviva y se desarrolle tiene que ser económicamente sostenible, esto es, los artistas tienen que pagar el alquiler y comer, etc. y si no se remunera su trabajo, tendrán que dedicarse a cualquier otro. Y entonces no habrá artistas. No habrá arte.

La línea que divide estas dos situaciones es difusa ¿cuándo soy lo suficientemente bueno como para cobrar por mi arte? Son los maestros honestos los que acompañan a sus estudiantes en este camino. Hay que tener cuidado con los profesores que te utilizan para su publicidad personal y para “captar” más alumnos y oportunidades, organizar talleres, etc.

Igual que defiendo que quien es bailarín amateur merece un respeto, quien es profesional merece ese respeto pero también exigencia. Hay que cumplir unos estándares mínimos, y dado en nivel de desconocimiento de las danzas indias en Europa, en muchas ocasiones no es así. Sucede también por ese desconocimiento que no está muy claro cuándo alguien debe cobrar o no por su actividad como artista. En muchas ocasiones nos invitan a participar en eventos de forma no remunerada, ante lo cual en Ekadâ tenemos una norma: que nadie se vaya a lucrar con nuestro trabajo. Esto quiere decir que no es lo mismo colaborar con una entidad sin ánimo de lucro que trabaje por la difusión cultural o para recaudar fondos para un proyecto humanitario, que colaborar con instituciones en las que todo el mundo va a cobrar menos los artistas. Ahí no estamos de acuerdo, entendemos que la cultura tiene que ser asequible y accesible, pero no puede ser gratuita, porque entonces tendríamos que tener otros empleos a tiempo completo y no podríamos entrenar, viajar para estudiar, etc. Soy consciente de que esto muchas veces se ve como una cierta soberbia, un “quién se creen que son”, pero hay que tener muy claro, igual que han aclarado ya muchas asociaciones de músicos, que la competencia desleal acaba con cualquier profesión, pero aún más con el arte, que es especialmente vulnerable. Y aquí volvemos a la obviedad de que para dar un taller o realizar un espectáculo no se cobra por las horas en clase o en escena, sino por las muchas horas y esfuerzo para formarse, preparar la actividad y realizarla.

Así que me gustaría animar a que los aficionados de cualquier cosa disfruten de sus actividades sin vergüenza, a intentar más cosas, a hacerlo mejor, peor o como sea, a conocer gente en clase, a conocer otras culturas, a tener desafíos… Lo mejor de ser estudiante es la libertad para liarla parda.

Y me gustaría animar a todo el mundo a que valore el estudio de los demás, a que cualquiera que se ponga la etiqueta de profesional o maestro sea consciente de la responsabilidad que ello conlleva, y a que intentemos mejorar como comunidad, por orgullo colectivo. Y que nosotros, también, hagamos una pequeña rebelión para exigir nuestros derechos.

Que viva la cultura.