La crítica constructiva

A veces es increíblemente difícil ser objetivo y justo en la crítica artística. Con uno mismo y con los demás. Cuando además de las opiniones entran en juego los sentimientos, es casi imposible estar seguro de que no nos dejamos llevar por afinidades o desconfianzas personales.

Todos tenemos amigos y familiares que nos apoyarán y animarán hagamos lo que hagamos, eso es maravilloso, sobre todo en los momentos de duda o nervios. Algunos tenemos personas con las que no nos hemos entendido en el pasado o con quien tenemos resentimientos y nunca nos apoyarían. En realidad no podemos basar nuestra autoexigencia en las opiniones de ninguno de los dos grupos.

Todos los artistas tienen un proceso de desarrollo, etapas buenas y malas, obras buenas y malas, y tener un apoyo incondicional durante mucho tiempo lleva al conformismo y a problemas de ego. Alabar un trabajo malo o mediocre no es justo ni nos ayuda a buscar lo mejor de nosotros mismos, no nos empuja a trabajar ni a reflexionar. La alabanza ciega nos crea una zona de confort enorme, porque haga lo que haga a mi gente le va a gustar. Esto es especialmente peligroso cuando las personas que están juzgando nuestro trabajo, a pesar de hacerlo con todo el cariño y la buena intención, no conocen la disciplina en la que trabajamos, y el amor junto a la ignorancia hacen que sin pretenderlo alimenten nuestro orgullo. Mi abuela siempre me dice que la ropa que me pruebo me queda bien, aunque los pantalones me estén a punto de explotar. Como artista, puedo beneficiarme de este apoyo en momentos malos, y valorarlo a nivel personal como demostración de cariño, pero no puedo basar mi juicio sobre mi trabajo o mi potencial en él.

Hay personas con las que no nos llevamos bien. Y no pasa nada, vivir en sociedad es así. Existe el riesgo de pretender contentar a todos, lo cual no es sólo imposible, sino que nos hace vivir en el miedo al juicio, a la opinión ajena, como artistas impide que arriesguemos y, muchas veces, que crezcamos. Hay que aceptar que hay personas a las que nuestro trabajo no les va a gustar. Y no pasa absolutamente nada.

Afortunadamente también está la crítica sincera, y aún mejor, la crítica sincera fundamentada, la de los compañeros y compañeras que saben de lo que hablan y nos ayudan a mejorar. Si intento ser objetiva, tengo amigas a las que adoro pero con las que no trabajaría nunca, porque su trabajo no me parece profesional, creo que deberían exigirse más. También conozco artistas cuyo trabajo está muy bien, pero se promocionan como excelentes, y ahí creo que hay que juzgarlas respecto al listón que han impuesto ellas mismas, el de la excelencia, y siendo así también tendrían que exigirse más. También conozco artistas con las cuales no tengo ninguna afinidad personal y jamás me iría a tomar un té y me parece que son grandísimas profesionales y admiro mucho su trabajo. Es realmente difícil ser objetivo, pero la danza es algo muy hermoso y merece el esfuerzo y el trabajo. Hay que apreciar el trabajo duro y la valentía sin dejarse llevar por cuestiones que no tienen que ver con el arte.

Como profesora ¿cuál es el listón según el cual debo juzgar a mis alumnas? Tengo la grandísima suerte de no tener alumnas que me caigan mal, algunas de ellas son ya hermanas para mí. Mi trabajo es ayudarlas a bailar más y mejor, y quien me conoce sabe que me cuesta mucho encontrar el equilibrio entre exigir de menos y demás, entre el refuerzo positivo y conformarme con menos de lo que pueden hacer. Quiero lo mismo para ellas y para mí, lo mejor posible dentro de nuestras capacidades y nuestras circunstancias. Hasta que no podamos practicar todos los días no se puede exigir un nivel profesional de danza, también viceversa, el día que se es profesora/profesional, hay que exigir esa práctica y esos conocimientos. Me encanta que mis alumnas vean vídeos de Odissi, se disfruta y se aprende mucho. Lo que ocurre es que si sólo vemos vídeos de los y las mejores intérpretes de Odissi del mundo nos juzgaremos con una dureza innecesaria. Cuando inscribimos a nuestros niños a un deporte no los juzgamos comparándolos con marcas olímpicas. Como no hay muchas actuaciones de danza clásica india en España, ni a nivel profesional ni a nivel estudiante, no estamos acostumbradas y nos cuesta comprender y valorar. Esperemos como estudiantes que vayamos mejorando con el tiempo, ni más ni menos, ser conscientes de lo que hemos aprendido y hacemos mejor, y disfrutar del desafío de las nuevas metas. Porque vivir es eso.

Quiero agradecer a las buenas amigas, amigos, profesoras y maestros que me han hecho y hacen críticas constructivas. Recuerdo algunas muy duras en Odisha, y tendré que trabajar en ellas. En los días malos recuerdo críticas hirientes y me rebelo queriendo demostrar que puedo ser mejor bailarina. En los días buenos recuerdo las correcciones duras y sinceras, hechas desde el amor de quien quiere que baile mejor, y si me lo corrigieron es que creen que puedo mejorarlo. Ya no quiero demostrar a quien me hirió que puedo hacerlo mejor. Quiero bailar mejor para agradecer a quien confió en que puedo hacerlo y que su tiempo y cuidado haya merecido la pena.

Mi querida Eva Tirado me riñó hace unos años por bailar con expresión de enfado, y lo dijo riéndose tanto que no me habría podido enfadar aunque hubiera querido. Tenía toda la razón. Sé que en algún momento, no sé cuándo, se reirá también y me abrazará y me dirá que ahora sí. Y ese día la creeré y seguro que lloraré como una Magdalena, porque lo dirá con toda su experiencia y sinceridad.